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La abstracción del maestro Alfredo La Placa

Alfredo La Placa (ph: Alejandra Reznicek)

Alfredo La Placa nació en Potosí en 1929, realizó estudios en la Academia de Arte Breda de Milán, Italia. Posteriormente trabajó en el taller de Sansón Flexer en Brasil, donde también hizo cursos de artes gráficas. Dirigió el Museo Nacional de Arte de La Paz (1976). Sus primeras exposiciones datan de 1955 cuando participó en la III Bienal de Arte de San Pablo. Luego estuvo en bienales en España y México. También visitó Colombia, Argentina, Ecuador, Estados Unidos y Francia, donde radicó por algún tiempo en la capital.

Fue ganador del Gran Premio Domingo Murillo y Premio Nacional de pintura para Bolivia en Francia (1972), además del Premio Nacional de Cultura en 2006.

Falleció el viernes 30 de diciembre de 2016 a la edad de 87 años en la ciudad de La Paz.

Miembro de la histórica generación del 52 en el arte boliviano,  La Placa es considerado junto a los también consagrados Maria Luisa Pacheco y Oscar Pantoja, uno de los más destacados abstraccionistas bolivianos del siglo XX. Un verdadero maestro, ha desarrollado, logrado consolidar un estilo muy propio en la pintura boliviana. A través de esta magistral reseña, el crítico e investigador de arte Harold Suárez Llápiz analiza su importante obra.

Estudio Crítico: La abstracción del maestro Alfredo La Placa

"Abstracto"

“Abstracto” (Tríptico); Autor: Alfredo La Placa; Técnica: Óleo

Alfredo La Placa nació al pie del mítico Cerro Rico, y sobre los 4000 metros de altura que ostenta la antigua Potosí, eterna cuna de talentosos artistas bolivianos. Se traslada a Europa siendo muy joven, con el objetivo de proseguir sus estudios universitarios en Italia. Mientras estudiaba medicina en la Universidad de Pavia, descubre que su verdadera pasión es el arte; por ello decide abandonar definitivamente las aulas de la facultad, pese a que  ya cursaba el 4to año, para emprender un nuevo rumbo en su vida. Evidentemente, fue una decisión acertada, puesto que siendo un pintor autodidacta, se entregó de lleno a una carrera, que con el paso de los años se tornó brillante, puesto que le ha permitido cosechar importantes reconocimientos, tanto dentro como fuera de nuestro país.

La Placa, fue un hombre culto e inquieto, ávido lector, con el paso de los años nunca dejó de observar todo cuanto ocurría a su alrededor, es más, su obra constantemente se alimentaba todas las vivencias y reflexiones obtenidas por estos hábitos, estas se conviertieron paulatinamente en formas abstractas que son plasmadas en los blancos lienzos. Tampoco perdía el entusiasmo, ni la inspiración para seguir creando. Prueba de ello es que aún con avanzada edad continuaba con su acostumbrada rutina, acudiendo a su taller religiosamente todas las mañanas para pintar. Detallista al extremo, trabajaba con gran meticulosidad, pulcritud y paciencia cada una de sus piezas. Era de los artistas que no producen obra en exceso. Él mismo decía que en toda su carrera no había producido más de 600 obras. Es que el potosino no era de los artistas que se dejan llevar por el comercialismo informal, que abunda en mercado del arte actual; siempre he dicho que más cantidad de obra producida, en desmedro de la calidad, nunca será mejor. El Premio Nacional de Cultura 2006 era ordenado, dedicado y metódico en su producción por antonomasia y sólo se dedicaba a crear series específicas, a las que solía bautizar con sugerentes títulos, tal vez para aproximar al esteta a la obra en cuestión. Desde sus inicios, empleaba casi siempre la noble técnica del óleo sobre lienzo, haciendo uso por lo general de formatos medianos y pequeños para expresarse. Aunque en ocasiones, si la situación así lo ameritaba, acudía a los grandes lienzos para lograr su cometido.

La producción de sus inicios, estuvo fuertemente influenciada por Antoni Tapies y por Jean Philippe Arthur Dubuffet. Los valores expresivos de los materiales empleados en este período aportan esa sensación textural, que conjuntamente con la significación emotiva del color, consiguen evocar tanto al  gran pintor español como al francés. Cultor por entonces del informalismo matérico, La Placa empleaba técnicas que mezclaban los pigmentos tradicionales del arte con materiales como arena, yeso, grava, entre otros, consiguiendo una textura cercana al bajorrelieve. El maestro también recurre en estos tiempos al “dripping” (chorreado del pigmento), percibiéndose esa importancia del gesto que legara el norteamericano Jackson Pollock (el abanderado del action painting) en cuanto a actitud de despliegue de energías mediante la pintura sobre el lienzo. El dripping consistía en dejar gotear o chorrear la pintura, desde un recipiente (tubo, lata o caja) con el fondo agujereado, que el pintor sostenía en la mano o bien, en menor medida, desde un palo o una espátula. (Es interesante mencionar el hecho de que el maestro La Placa en su caso, curiosamente utilizaba  una jeringa sin aguja). De esta manera, pintar no era algo que se hacía con la mano, sino con un gesto de todo el cuerpo. Las grandes telas se llenaban por todos lados, de manera uniforme, de color en forma de manchas e hilos que se mezclaban. Un impulso espontáneo, no premeditado, sino procedente de un arranque de espontaneidad. Todas estas huellas estaban presentes en el todavía joven La Placa, quien reunía materia y color para ofrecernos una obra de gran fuerza expresiva, y de impacto inmediato por el hábil manejo de los recursos pictóricos, matéricos y compositivos.

Dominante en azul (Alfredo La Placa – 1960)

Dicha influencia temprana, es evidente en piezas como Grafismo, (1959) y en Sin título, también del mismo año. Posteriormente en 1960 realiza la importante obra Dominante en azul (1960), (ganadora del Gran Premio Domingo Murillo). Tiempo después abandonaría este estilo de pintar y alejado de todas las tempranas influencias, buscaría su propio camino para definitivamente encontrar su propio lenguaje expresivo. Este no demora mucho en ser descubierto, puesto que en los años 70, ya aparece su importante serie de máquinas (a mí parecer la más brillante de su carrera) donde vislumbraron obras como: Estructura metálica (1972), Interespacio (1975), Venus mutante (1975), entre otras destacadas. En los 80 aparece primeramente un mundo cósmico: en series como Espacio-amalgamas y Cosmoacontecer, para después oscurecer su paleta y adentrarse en la figura humana a través de la serie Trans-formas. La serie Ensamblaje realizada al final de esta década, se torna mas simbólica. En los 90, los minerales y las texturas de las piedras son los principales protagonistas en series como imagen recurrente, Fantasía, Imagen inominada, Ventisquero, Fraxial, Imagen Siliente, Radiante, Luzandina, Imagenespacio, Refractal y Religrafía. Obras maestras de gigantesco formato como los sobresalientes trípticos Solunande (1994), Arqueodiptico (1995) y Cripticandina (1995) (esta última descansa en las paredes del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York), evocan como si de un estudio geológico se tratara, la riqueza mineral que cobijan y que esconden aun las entrañas de las impenetrables montañas bolivianas que restan por explorar y descubrir. A finales de esta misma década, su abstracción comienza a adoptar formas geométricas en tercera dimensión a través de la serie denominada obeliscos y esferas.

La serie Umbral-Umbrío-Silente expuesta en el 2003, marca el inicio de una nueva etapa en La Placa, puesto que, después del largo camino recorrido, se detiene, y mira al pasado, como si esta acción le hiciera tomar un impulso para seguir creando. Es así como termina evocando en posteriores series los distintos períodos de su ya extensa carrera. En el 2004 en ocasión de celebrar sus 75 años, el maestro nos sorprende con la exposición Nivel 75 – Ensayos rastros-rostros-cilindros, donde, curiosamente crea formas humanas más concretas que las acostumbradas. En 2006 expone en Santa cruz, la evocativa serie Encuentros y manchas (una especie de resumen definitivo de su carrera artística), donde destaca, entre otras obras, la magnífica tela Encuentro I, en la cual  se rinde una especie de auto-homenaje, que como la más directa reminiscencia, cierra el círculo de su memorable serie de mutantes de los 70. En el 2007, realiza en Cochabamba una exposición Homenaje en Clave HAIKU a su desaparecido amigo Fernando Montes. En el año 2008, se aleja nuevamente de su acostumbrado abstraccionismo para retomar una sugestiva figuración a través de la recreativa serie Arcano. Finalmente en 2010 realiza la exposición titulada Trazos, consistente en un conjunto de obras que nos invitan, una vez más a deleitarnos con sus exquisitas formas y colores pétreos.

Es indudable que los estudios en medicina que realizó en Argentina e Italia, forjaron en el joven pintor, la disciplina para desarrollar un trabajo metódico y una escrupulosa capacidad de sintetizar las formas y colores, a partir de su profundo conocimiento de la anatomía humana y de su armónica complejidad de multiples estructuras. Incluso en series como, Mutantes, Transforma y Refractal, asoman figuras anatómicas fundidas con las texturadas formas de minerales o con estructuras de tejidos y máquinas.

Muchos creen que la pintura que roza el abstraccionismo no requiere del recurso del dibujo, él nos demuestra lo contrario. La estructura de sus composiciones están auxiliadas por un sólido dibujo. Es digno de mencionar que Alfredo La Placa exploró desde siempre los terrenos del dibujo, dedicándose principalmente a crear formas abstractas, empleando por lo general el recurso de la tinta china.

Quiero dejar bien en claro que el abstraccionismo puro como pintura no existe, puesto que si así fuera, éste sería un lienzo o una hoja en blanco. Habrán existido y existen pintores que se acercan a lo mencionado, cito como ejemplo entre muchos otros: al desaparecido Óscar Pantoja en nuestro país, o Mark Rothko, en el plano universal, también Franz Kline con sus llamadas formas blancas no podía evitar las líneas, por más minimalista que fuera la composición. La obra de Pierre Soulanges es otro claro ejemplo, con sus enérgicas pinceladas aplicadas con economía de color y de dibujo. Sostengo que las inevitables formas llámense estas tímidas, inconcretas, monócronas o polícromas, escuetas o finalmente como se logren pintar, creadas por la imaginación, surgirán muchas veces de forma espontánea o instintiva, y serán por lo general siempre recurrentes. Como resultado de todo esto, se alejarán definitivamente de la abstracción pura. Es que alguna forma aparecerá y romperá con este abstraccionismo puro conduciéndolo hacia el expresionismo abstracto y en otros casos, hasta lo arrastrará hacia una neofiguración. Entonces convengamos que habrá abstracción, pero ésta nunca será total, a menos que no se pinte nada en el soporte.

La pintura de Alfredo La Placa se inscribe en la línea de la abstracción de naturaleza expresionista, comparable al alquimista que transforma un material inerte en elementos matéricos que alcanzarán una dimensión onírica y simbólica. Utiliza con maestría los efectos lumínicos del color. Su paleta es sobria desde siempre, utilizando con gran acierto las tonalidades tierras y ocres, asimismo incorpora también en distintas épocas de su carrera los rojos, verdes, negros, pardos, carmines, azules y naranjas. La representación de sus piedras preciosas hasta adquieren un sorprendente carácter realista, que nos invitan a descender a un submundo pétreo, para tratar de encontrar la luz, inmerso en la oscuridad de los ya mencionados socavones que nos remiten a la tradición minera de su natal Potosí. Incluso se percibe en gran parte de su obra un constante estudio macroscópico y microscópico de dichos lugares. El maestro combina formas amorfas con atmósferas obtenidas a través de elegantes tonalidades cromáticas muy bien combinadas y matizadas, buscando delicadas transparencias y sugerentes texturas en sus minerales representados.

El simbolismo andino es un recurso recurrente que evidenciamos en las piedras rituales, su mundo cósmico y estructuras metálicas. Los minerales, las piedras preciosas, son evocadas constantemente. La calidez de las diversas tonalidades empleadas y variados matices, se conjugan en la plenitud de la energía vital como significado subyacente de esta propuesta plástica. Pese a haber recorrido el mundo a consecuencia de sus innumerables viajes y estadías en Europa, (que le han permitido enriquecer su obra al tener una visión del arte mucho más amplia y objetiva, que la que tienen muchos artistas bolivianos). La Placa fue un autor auténtico, llegado a desarrollar una obra muy propia, claramente evolucionada, en el transcurso de una impecable carrera que ya ha superado el medio siglo.

Cada etapa suponía para el artista un nuevo reto, cada momento de su vida y de su obra renuncian al estatismo y luchan por irradiar un impulso vital de renovación continua, como si el tiempo se deslizara y éste corriera con él, legándonos su incansable quehacer. Prueba de ello es que hasta sus últimos días seguía deleitándonos con su gran creatividad y talento artístico. El universo plástico que acude al espectador, a partir de la singular obra de Alfredo La Placa, evidencia la constante búsqueda que el artista ha emprendido como creador y como ser humano.

*Harold Suárez Llápiz, cruceño, boliviano es crítico e investigador de arte boliviano. Se ha dedicado a investigar y difundir el arte boliviano durante más de una década. Su afán de investigación lo ha llevado a visitar talleres de importantes artistas, además museos, galerías y diversos centros culturales. Realizó estudios de Gestión e Historia de las Artes en la Universidad del Salvador en Buenos Aires, Argentina.

+info: ARTE BOLIVIANO CONTEMPORÁNEO

+info: Alfredo La Placa, Las Voces del Pincel (por: Carlos D. Mesa Gisbert)

+info: Los Trazos de Alfredo La Placa (por: Carlos D. Mesa Gisbert)

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