Sopocachi
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El Montículo como espacio cultural de La Paz

Julio de la Vega

Texto publicado en la “Revista Cultural Sopocachi”
Mayo – Julio 1989
La Paz – Bolivia

El parque que la tradición popular ha llamado El Montículo y que en algunas ocasiones se intentó ponerle un nombre que fuera homenaje a alguna “distinguida personalidad”, pero que pese, a los intentos, sigue llamándose, simplemente, El Montículo, no es simplemente uno de los pocos parques paceños, es talvez el mejor mirador de la ciudad, desde todos los puntos de vista posibles, si nos ponemos en situación de cámara en panorámica y que irradia la mirada captadora en redondo si nos colocamos en su centro y lanzamos las flechas o rayos desde la base donde se alza la estatua, tantas veces golpeada y tantas veces destraumatizada y reivindicada en sus brazos, piernas y rostro. Pasado que abarcará toda la circularidad de la hoyada paceña y aun el perfil ondulado y horizontal de sus cerros y hasta las delgadas arboledas de sus mesetas colindantes, con un más allá de altiplano o valle ríspido.

M. C. Escher, Castrovalva, 1930

Talvez esta excepcional condición que ha hecho del parque un paisaje en sí mismo, pero también un engendrador y resumidor o ampliador, en su caso, de todos los paisajes urbanos de La Paz, lo ha constituido, en un paraje, más allá de lo que solaza y de los que quieren solazarse por y desde sus veredas, en motivo y motivación de poetas y pintores.

Si la novela de Oscar Uzín “El Ocaso de Orión” lo toma como lo que técnicamente se llama centro o espacio de la acción, como una especie también de actante sin palabras ni diálogos, los poemas lo toman como una catapulta hacia toda la ciudad o hacia sus vecindades, así Guillermo Bedregal llega hasta Llojeta, precisamente en Paso a Llojeta, parece expandir el encierro del Montículo, pues la capilla, la fuente, las agujas y los “céfiros” blandos que llegan al parque parecen quedarle cortos y busca ventisqueros real maravillosos y columnas de arcilla y no clásicas.

Otro poeta nutrido del parque de la Inmaculada Concepción, Guillermo Viscarra Fabre, mirará desde allí “la encaramada ciudad” y Fernando Diez de Medina en sus paseos de retreta sin música y sin gente dará vueltas y más vueltas al asunto, (por escribir o que ya lo tiene casi escrito en la suposición) pensando en la existencia de un Hechicero del Ande.

La Segunda Gesta Bárbara, en la segunda mitad de la década del cuarenta tomará en toda su redondez y sus sendas como picadas en las laderas que descendían del monte como un Tambor de las de Bohemia para transformar la escritura en los bancos, sobre los bancos y hasta en las cortezas de los árboles donde la incisión no era solamente de un nombre femenino, una estrofa de poema o línea de verso, en una anticipación a lo que años después realizó, algún alcalde u oficial mayor de cultura, o casa de cultura, amador de la poesía que coloca tablas de madera sobre altos árboles de famosos poetas bolivianos que volvieron a inmortalizar sus versos como flores, ramas o frutos de los árboles que amaron en vida.

Los poetas de todas las épocas, especialmente aquellos que entre el público que llenaba el parque como nunca, la noche del 20 de octubre de 1948, admiraban unos juegos de pirotecnia que no eran de políticos sino juguetes de fuegos de colores que anunciaban o recordaban otros fuegos no tan inocentes que resonaron cuatro siglos atrás cuando la ínclita ciudad se inventaba a sí misma. Y antes de todo esto, las anticipadoras de los clubes del Libro, los grupos culturales de jóvenes mujeres. Siempre brindándose como escenario amplio, al aire libre, se adaptará a los tiempos o a los actos creativos de los tiempos sirviendo de espacio abierto para el cine, ya no en unas cuantas tomas para Wara Wara sino en cortos de argumento y recojo de la fama que siempre tuvo el parque para citas de enamorados o filosofadas de escritores que se plasmaron en una obra en formato Super 8 de Carlos Mesa y se ampliaron en otra de Pedro Susz que no sólo aludía al barrio sino a toda la ciudad, en una visión apocalíptica de una metrópoli muerta, porque por ella no se veía ni pasaba ningún habitante.

Pero la música no fue sólo el aporte de la naturaleza como trinos de aves, silbidos del tiempo o rumor de la lluvia, sino que eludiendo al de una época que más que música eran ruidos molestos y peligrosos, cuyos autores eran unos milicianos encargados de velar el sueño de gobernantes de ese entonces y desvelar el de los no militantes y fue en esos tiempos no olvidados cuando el paseo nocturno a la luz de la luna o al de los reflejos del alumbrado eléctrico de calles vecinas o reflectores de autos, suspendieron obligadamente sus vueltas y más vueltas sobre el entonces adoquinado parque. Pero el cuartel o retén de seguridad se volvió de pronto sala amplia de concierto y la música, ya no tan natural, brotó de instrumentos y no de plantas ni de aves.

Y el caminito volvió a ser caminito, se engalanó con la flora altiplánica y la parcelación ornamental que le dibujó el ingeniero agrónomo, Renán Lara Carrasco y El Montículo, se estilizó y modernizó, pero no perdió su poder inspirador.

La danza popular y autóctona antes de la gran difusión dentro del propio país, y no como entrada folklórica organizada para la fiesta del 8 de Diciembre, sino como manifestación religiosa en la que la Inmaculada Concepción al igual que la Virgen del Socavón o la Mamita de Cotoca o toda la Santísima Trinidad de la Chope Piesta, recibía desde los años míticos del montesito asilado entre colinas que fue el montículo, pero la infancia paceña ya corrió tras de bailarines y la niñez se asustó con ellos y la adolescencia se encantó y bailó al son monótono y los caminos de subida y bajada que van a Llojeta (porque los de subida son interminables curvas y los de bajada se resumen por senditas de cerros que lo empujan a uno) y los antecesores en su tierra baldía de las Plazas España y Zamudio, y de los sembradíos, chacras y lagunas que se fundieron y confundieron con el asfalto, albergaron a pasantes y prestes al tronar de los bombos, zampoñas y el descubrimiento de la cerveza, puesto que lo demás, la comida se daba por añadidura.

Poesía, narrativa, pintura (Guzmán de Rojas, de la Reza, el Toqui Borda, Jorge Carrasco o Núñez del Prado), música y danza, aportaron a la fama del parque como madre nutricia de artes y partes de la creación y los jóvenes intelectuales, en su amistosa rivalidad con el Barrio de San Pedro, se sintieron no en una lucha de Tirios y Troyanos, sino en un duelo entre martinfierristas y poetas del Sur porteño, en la arboleada de siempre, donde sucesivas generaciones escribieron y otras se preparan ahora a correr sobre sus piedras y escribir sobre sus muros, en sentido figurado por supuesto, y no de letreros muy de esta época, pero todos sabemos que entre pintar y pintarrajear, entre escribir y exhibir, hay mucha diferencia y El Montículo, desde luego, siempre descubrirá la diferencia que le sirve para alimentar sus paisajes y paisajismo.


 

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